Noche Internacional de observación de la Luna

Por AAC (19 de septiembre de 2026)

En esta ocasión, como miembro de la agrupación, durante la Noche Internacional de la Observación de la Luna en Alcalá de Henares, tuve el privilegio de ponerme al otro lado del telescopio. No para mirar yo, sino para abrir una ventana al cosmos a los cientos de personas que se acercaron al Recinto Ferial.

Mi misión esa noche no era solo hacer divulgación astronómica, sino regalar una experiencia transformadora: acercarles la Luna y, con ella, el placer del asombro compartido. Hubo un momento mágico que se repitió una y otra vez a lo largo de la noche. Al enfocar nuestro satélite, invité a grandes y pequeños a buscar la «Espada de la Luna».
Sé perfectamente que la mayoría de los asistentes no recordarán el nombre técnico de Rupes Recta, ni que estaban contemplando una espectacular falla geológica de unos 110 kilómetros de longitud. Pero eso no importa. Lo que se les quedó grabado en la retina y espero que en el corazón fue que, en mitad de un mar de cráteres, parpadeaba una espada de luz y sombra.

Ver la Luna de cerca a través del ocular provoca un cortocircuito emocional. Es fascinante observar cómo se rompe la distancia con el cielo y cómo se genera una conexión instantánea entre personas de todas las edades. Vi ojos de niños abrirse de par en par con una pureza arrolladora, y vi a adultos recuperar la capacidad de maravillarse, olvidando por un instante el ruido cotidiano. El asombro es un idioma universal.

La Luna esconde secretos que solo se revelan a quienes se detienen a mirarla con atención. Estoy convencida de que muchos de los que se asomaron a los telescopio y tuvieron la paciencia de hacer las largas colas que se formaron ya no volverán a ser los mismos a partir de ese momento.

La próxima vez que caminen de noche por Alcalá y levanten la vista hacia el cielo, ya no verán un simple disco blanco en la distancia. Buscarán la espada. Recordarán el relieve, la profundidad y el misterio. Sabrán que el universo está ahí arriba, esperándonos, y que una pequeña lente es capaz de cambiar para siempre nuestra forma de mirar el mundo.

Por Nuria Flórez Cuervo

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